Vamos a cazar polígonos

Fuente: www.wikipedia.org

Aunque soy profesor de educación superior, también soy padre, y ello hace que últimamente me interese cómo aprenden los niños. Muchos docentes me preguntan en las sesiones de formación de qué forma pueden integrar el uso de las tecnologías de manera transparente y modificando a la vez, de forma sustancial, la manera de enseñar, empleando metodologías emergentes que huyan de un aprendizaje tradicional. Como padre, siempre me estoy planteando cómo hacer que mis hijas tengan curiosidad por investigar y aprender por sí mismas, de una forma libre para ellas, pero buscando siempre un objetivo de apreendizaje definido, y esto hace que me cuestione si realmente nuestros alumnos aprenden, o simplemente en el mejor de los casos, “se tragan” lo que se les da.

Realmente, al implementar los contenidos del currículo en el aula, nos preocupamos más por el cómo que del por qué. Eso hace que nos estemos preocupando constantemente por el diseño de pruebas que nos permitan evaluar el conocimiento adquirido por nuestros alumnos, sin centrarnos en lo verdaderamente importante: aprender. Pienso que, una vez hayamos conseguido que nuestros alumnos descubran por lo que queremos mostrarles, la búsqueda del método de evaluación más apropiado se vuelve una labor mucho más sencilla. El problema se agudiza en las etapas de educación, donde nos estamos encontrando cada vez con más alumnos que no son capaces de sintetizar una idea, de buscar soluciones, de expresarse, y un largo etcétera. El sistema hace que la mayoría estén completamente cegados, y no sean conscientes del mundo real al que están a punto de salir. Es muy difícil conseguir que un alumno sea capaz de tener un pensamiento crítico y constructivo con toda esta inercia arrastrada, por lo que el cambio tiene necesariamente que venir de etapas mucho más tempranas, en un momento en el que el cerebro tiene avidez por aprender y descubrir el mundo que lo rodea.

En cualquier caso, como docentes nos vemos muchas veces arrastrados por la inercia de un sistema que, de una forma u otra, nos obliga a seguir dentro de este círculo vicioso que tiende a bloquear la creatividad y el pensamiento crítico en cualquier nivel de nuestra sociedad. Quizás se teoriza demasiado, pero no disponemos de modelos prácticos que podamos seguir y con los que podamos ayudar a construir el aprendizaje de nuestros alumnos. 

Con esto en mente, voy a proponer un caso práctico aplicado a un concepto geométrico básico en el que se fundamentarán las bases de otros conceptos espaciales más complejos a lo largo de todo el proceso de aprendizaje: el concepto de polígono.

Una forma tradicional de enseñarlo consistiría en dibujar un polígono en la pizarra y explicarles a los alumnos que son figuras planas cerradas con lados siempre rectos. Muy probablemente dibujaríamos varios polígonos regulares e incluso utilizaríamos varios colores para resaltar el concepto. Posteriormente realizaríamos actividades tales como contar lados, colorear polígonos o incluso recortarlos y pegarlos en una hoja papel. Efectivamente, nuestros alumnos aprenderían lo que es un polígono; algunos, los más avezados, incluso sabrían distinguir entre polígonos regulares e irregulares. No obstante, sigue habiendo una desconexión total entre el concepto que acabamos de enseñar y la realidad que rodea las vidas de nuestros alumnos, y eso hará que muy probablemente en un futuro sepan distinguir entre un cuadrado y un triángulo, como es evidente, pero no se interesarán en absoluto por formas más complejas, como puede ser una estrella, u otros completamente irregulares. A pesar de haber realizado actividades, éstas tampoco han permitido liberar la creatividad de estos alumnos; seguramente habrán tenido que usar colores definidos, recortar formas establecidas y haber obtenido exactamente el mismo producto final, independientemente de quién lo haya realizado. Tampoco habrán realizado un trabajo colaborativo real más allá de compartir herramientas y materiales, o dudas sobre la actividad a desarrollar. Como resultado final no relacionarán el concepto de asimetría y simetría, ni serán capaces de entender la importancia de determinadas formas en el desarrollo tecnológico y social. Si les hacemos una pregunta que no haya sido previamente explicada y parametrizada, tal como qué polígonos son los que más se repiten en su propio entorno, probablemente les costará pensarlo, o simplemente no sabrán qué responder al surgir una duda al tratarse de algo que no estaba previsto inicialmente.
Pero la vida es en sí un proceso de continuos cambios e imprevistos. Es por ello por lo que en mi opinión, y creo que en la de muchos otros docentes que abogan por un cambio metodológico en nuestras escuelas, pensamos que, si bien no debemos prescindir completamente de la lección magistral, esta debe quedar reducida al objetivo de introducir el tema o concepto sobre el que a continuación vayamos a trabajar. Bajo este enfoque, el uso de la tecnología integrada en el aula facilita el aprendizaje a través de la creatividad y la búsqueda de soluciones a los problemas a través de la investigación y el trabajo colaborativo. 
Una forma alternativa mucho más abierta que la anterior para enseñar el concepto de polígono podría consistir en los siguiente: Dependiendo del nivel, les explicaríamos mediante un método tradicional qué es un polígono, pero, si son ya capaces de leer, podrían buscarlo directamente. El proceso se podría hacer de cara al alumno, a través de sus dispositivos móviles (mediante Nearpod, o similar). El aprendizaje sería bidireccional; podríamos pedirles que, después de haberlo leído y compartido con su grupo de trabajo, lo compartan con el resto de la clase y muestren qué es para ellos un polígono. Eso fomentaría una discusión constructiva, y, muy probablemente, al surgir polígonos regulares y completamente irregulares, surgiría la duda de si los segundos son verdaderamente o no polígonos. El docente puede moderar la discusión y enfocar a los grupos de alumnos hacia el concepto final. Una vez todos tienen claro el concepto en sí, habría que buscar un nexo con la realidad que los rodea. Para eso, las cámaras de los dispositivos móviles son un medio excelente para capturar aquello que interesa. Ahí es donde surge la actividad que da nombre a este post: La caza de polígonos. Los alumnos en grupos definidos y armados con sus respectivas cámaras, salen a cazar todo aquello que se les asemeje a un polígono en forma de fotografía usando sus iPads. Lo pueden hacer en su aula en el colegio, en una calle… Lo importante es que sean analíticos e investiguen en su entorno. Esas imágenes las usarán posteriormente en un análisis detallado en grupos, descubriendo en las imágenes polígonos donde antes no los habían visto, al pedirles que los pinten como quieran usando una aplicación de dibujo. Finalmente, tocaría compartir lo aprendido, a modo de refuerzo común, de forma que cada grupo de alumnos puede mostrar a los demás directamente desde sus dispositivos lo que han encontrado, y por qué consideran que son polígonos formas que, en un principio no lo eran. No es necesario más refuerzo con esta actividad. Las emociones han conseguido fijar el conocimiento y, muy probablemente estos niños empiecen a observar su entorno con otros ojos.
Dejo una pregunta abierta a modo de reto para vuestros alumnos o hijos: ¿Cuál es el polígono más usado por el ser humano?
Resultado de la actividad hecho por una niña de 7 años

 

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