La superación no lo es todo

Ésta no es una historia sobre una superación, sino acerca del efecto positivo que tiene que tus estudiantes perciban que te preocupas genuinamente por ellos y ellas, tanto por su progreso académico, pero también como personas.

Hay decisiones que marcan la vida. Empezar lo estudios universitarios es una de ellas. Esta decisión puede ser más o menos acertada, pero suele estar cargada de condicionantes sociales y, muy probablemente, de cierto nivel de ingenuidad. En cualquier caso, siempre hay una motivación clara, bien porque sea «lo que siempre has soñado», o porque en el fondo sea una obligación impuesta por la sociedad o por el entorno familiar.

No me voy a centrar en este artículo en quienes empiezan sus estudios superiores porque tienen una motivación intrínseca al cumplir su sueño. En mi humilde opinión, es imposible que, por mucho que guste algo, resulte atractivo todo lo que rodea ese algo. Las emociones que se sienten al hacer aquello que se ha elegido se ven empañadas por otras cuestiones asociadas que no deseamos, aunque sepamos que son necesarias. Puede que las rechacemos porque no nos sentimos competentes, o porque nos obligan a hacer algo que no queremos.

A largo de mi carrera académica en la educación superior en el ámbito de las ingenierías mis estudiantes han entendido perfectamente que aprender no es simplemente aprobar un examen. Sin embargo, su primer objetivo es casi siempre obtener un aprobado. El problema surgió cuando el obtener un aprobado quedó ligado a unos resultados del aprendizaje, esto es, cuando enfoqué la evaluación en la práctica real y en resolver problemas reales. Es ahí cuando surgen los miedos, los bloqueos, el «yo no soy capaz de hacer esto»… Es aquí donde tienes que plantearte cómo motivar a tus estudiantes.

En la motivación académica influyen múltiples aspectos que cada individuo percibe de formas diferentes. Hay que tener mucha fuerza de voluntad para superar situaciones en las que sientes que no tienes la capacidad de hacer lo que te están pidiendo. En esos casos que solamente te digan «ánimo, tú puedes hacerlo», casi nunca funciona ni es positivo. Estas palabras tienen un potencial efecto perverso, ya que pueden generar más ansiedad porque están poniendo en ti una perspectiva de éxito que quizás tú no tienes. La motivación académica es algo mucho más complejo, y una de sus dimensiones más importantes es la percepción de sentir que alguien se preocupa por ti, tanto a nivel personal como a nivel académico. Esto es algo que en la educación superior generalmente se omite. La siguiente pequeña historia personal está vinculada a este tipo de situaciones, en la que tu estudiante trata de pasar el trámite pero termina tras un muro infranqueable para el que no tiene –ni desea tener– fuerzas para escalar. Al final, su objetivo no es aprender, sino superar una serie de exámenes que le permitan pasar página y olvidar. Los nombres usados son ficticios para salvaguardar la privacidad de los estudiantes.

Julián es un estudiante procedente de una familia inmigrante y con pocos medios. Se trata alguien con un profundo respeto por su profesorado. Es plenamente consciente de que su familia ha apostado por él y no quiere defraudarles. Sin embargo, aunque Julián ha superado su etapa preuniversitaria, siente que no entiende todo aquello que le explica su profesorado, pero ha ideado una estrategia que le ha funcionado hasta ahora para aprobar los exámenes, basada en la repetición y en la memorización. Se podría decir que Julián es un buen estudiante, pero se siente presionado por terminar su grado y poder acceder a un puesto de trabajo digno, algo por lo que su familia ha apostado. Si embargo, en su tercer año, Julián empieza a darse cuenta de que quizás la estrategia que ha estado utilizando no es suficiente para lograr aquello que desea. Empieza a tener suspensos. Se da cuenta de que la simple memorización no funciona cuando en una de las asignaturas le piden que se enfrente, junto a otros cuatro estudiantes, a un problema real en el que tienen que aplicar conocimientos y habilidades que supuestamente ha aprendido con anterioridad. Sin embargo, fracasa. Se queda atrás. No entiende los desarrollos que hacen otros miembros de su equipo y termina por tirar la toalla y centrarse en tratar de superar la asignatura. Por más que lo intenta, no lo consigue porque constantemente le preguntan un porqué, y él no lo sabe. Se da cuenta de que no se siente capaz, y eso le desmotiva una y otra vez. En un último intento, me pidió que le dejase examinarse una vez más, a lo cual accedí. El resultado era previsible, pero accedí a su petición precisamente para tratar de motivarlo, aunque ya el curso había terminado y no había prácticamente ninguna posibilidad de que pudiese aprobar la asignatura en sólo unos días. Tras reevaluar con él su proyecto y hacerle varias preguntas sobre su funcionamiento, no fue capaz de explicar cómo funcionaba. Aunque había memorizado algunos conceptos, no los aplicaba de forma correcta y no tenían nada que ver con las preguntas que le hacía.

–Eres consciente de que no eres capaz de explicar cómo funciona tu software, ¿verdad?– Pregunté.

–Sí, lo entiendo– contestó Julián.

–Quiero que sepas que no me gusta suspender a mis estudiantes. No obstante, me gustaría que me contases por qué has elegido esta carrera.

–Porque quiero tener un salario.

–Pero el salario no lo es todo, Julián; querrás sentirte valorado, progresar…

–Sí, así es.

–Quizás necesites un poco más de tiempo para conseguirlo. Repetir la asignatura te daría la oportunidad de crecer y ganar seguridad en ti mismo. ¿Recuerdas a tu compañero, Alberto? Tuve una conversación parecida a esta con él hace un año. Se convirtió en uno de mis mejores estudiantes.

–Sí, yo quiero ser como él. De hecho lo admiro. Me sorprendió mucho su progreso.

–Todos tenemos la capacidad de ser como él, sólo te hace falta tiempo y motivación. Tienes una cosa buena y a la vez mala que creo que tienes que trabajar. Tienes que valorarte más a ti mismo. El profundo respeto que sientes hacia los demás, especialmente hacia tu profesorado, también te limita a la hora de pedir ayuda. Tienes que verme de forma más cercana. No tengas miedo a preguntarme ni a pedirme ayuda. Encima tienes la presión de tu familia, ¿verdad?

–Es cierto. Mi miedo a expresarme es algo que tengo que superar. Me bloqueo al hablar con personas mayores que yo.

–Creo que serás un buen profesional, pero tenemos que trabajar. Si tú estás comprometido, empezaremos a trabajar inmediatamente. Este suspenso no es un fracaso, pero tienes que aprovechar esta oportunidad. Desde que arranquemos el curso que viene, vamos a trabajar de otra forma contigo. Empezaremos a trabajar en un proyecto desde el primer día. ¿Te parece bien?

–Sí, creo que eso me ayudaría. ¿Desde el primero día?¿Ya sabe qué voy a hacer?

–Aún no lo he decidido, pero lo discutiremos entre los dos la semana que viene. Será tu proyecto personal.

–¡Gracias!

Este pequeño diálogo es sólo un ejemplo sobre cómo reencauzar a un estudiante motivándolo a través de su percepción de sentirse cuidado. Alberto estaba en una situación parecida el curso pasado y tuvo éxito; estoy seguro de que Julián también será capaz de tener un resultado similar. Pero no todo es fomentar la superación personal. Se trata de de crear un ambiente en el que tus estudiantes puedan ganar la seguridad que necesitan. Cuando un estudiante fracasa, nunca te limites a darle ánimos. Usa la empatía y hazle entender que sabes cómo se siente y muéstrale cómo puede salir adelante con su propio esfuerzo. Hacer que tus estudiantes se sientan cuidados no implica que te conviertas en su familia, sino que crees el ambiente y las condiciones necesarias para que se sientan parte de un grupo y de que pueden contar contigo.

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